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miércoles, 23 de marzo de 2016

Una dieta rica en grasas aumenta el riesgo de obesidad en la descendencia

Una dieta rica en grasas aumenta el riesgo de obesidad en la descendencia

Un estudio hecho en ratones sugiere que las conductas de los padres pueden infuenciar la salud de sus hijos a través de la herencia epigenética.


Un nuevo estudio realizado con ratones ofrece algunas de las pruebas más contundentes hasta ahora sobre los caracteres adquiridos durante la vida de un organismo a través de la herencia no genética. 

Getty Images/HemeraThinkstock Images/MARS
Los efectos sobre la salud de una mala alimentación se pueden transmitir a la descendencia a través de los óvulos y espermatozoides sin la necesidad de mutaciones en el ADN, según un nuevo estudio. El trabajo, realizado con ratones y publicado ayer en la revista Nature Genetics, ofrece algunas de las pruebas más contundentes hasta ahora sobre los caracteres adquiridos durante la vida de un organismo a través de la herencia no genética. Aunque trabajos anteriores ya habían apuntado que los espermatozoides pueden contener factores epigenéticos, esta es la primera vez que esta capacidad se ha observado en óvulos.
Los investigadores ya sospechaban desde hace tiempo que el estilo de vida y el comportamiento de los progenitores pueden influir en la salud de los hijos a través de la epigenética. Es decir, mediante cambios químicos en el ADN o las proteínas de los cromosomas que afectan la expresión de los genes, pero que no alteran las secuencias genéticas en sí mismas. La cuestión de si estos cambios pueden heredarse sigue siendo un tema controvertido.
En concreto, se ha planteado que los hábitos alimenticios de los padres podrían influir el riesgo de la descendencia de padecer obesidad o diabetes. Sin embargo, resulta difícil saber cuál es el factor más determinante: el comportamiento de los padres durante el embarazo y la primera infancia de la descendencia, o bien, los cambios epigenéticos que se producen antes de la concepción.
Para resolver esta incógnita, un equipo liderado por Peter Huypens, del Centro Alemán de Investigación de Salud Ambiental de Neuherberg, dieron a ratones genéticamente idénticos una de la siguientes tres dietas durante seis semanas: rica en grasas, baja en grasas o una dieta estándar de laboratorio. Como era de esperar, los ratones alimentados con la dieta rica en grasas se volvieron obesos y desarrollaron intolerancia a la glucosa, una señal temprana de la diabetes de tipo 2.
Posteriormente, el equipo usó los óvulos y los espermatozoides de cada uno de los tres grupos para realizar fecundaciones in vitro (FIV) e implantaron los embriones resultantes en madres portadoras sanas. La idea era que si se observaba un rasgo o un comportamiento físico en la descendencia, solo podría haber sido transmitido a través de los óvulos o espermatozoides. Los estudios previos que no incluían la FIV habían ofrecido pruebas de transmisión epigenética de los progenitores masculinos, pero no permitieron descartar el efecto materno durante el desarrollo o la lactancia. “El diseño experimental de este trabajo ha permitido eliminar posibles factores de confusión, como el vínculo con la madre, la alimentación o el microbioma”, explica Tim Spector, investigador del King's College de Londres, quien no participó en el estudio.
Cuando, posteriormente, alimentaron a la descendencia adulta con una dieta rica en grasas, los ratones que habían tenido padres y madres obesas aumentaron más de peso y fueron más propensos a padecer intolerancia a la glucosa, especialmente si ambos progenitores eran obesos. En cambio, los descendentes de ratones delgados ganaron menos peso.
“El estudio muestra de una forma clara que las alteraciones metabólicas en la descendencia son más importantes si tanto los óvulos como los espermatozoides provienen de animales alimentados con una dieta rica en grasas, lo que sugiere que los efectos de la dieta materna y paterna se suman”, comenta Romain Barrès, investigador de la Universidad de Copenhague que tampoco participó en el estudio.
Diferencias de sexo
Curiosamente, los autores encontraron diferencias entre la descendencia masculina y la femenina: las hembras aumentaban de peso si sus progenitores habían sido obesos, mientras que los machos solo eran más propensos a desarrollar intolerancia a la glucosa. La dieta de la madre también pareció ejercer una mayor influencia sobre el metabolismo de la descendencia que la del padre. Se trata de un dato interesante, puesto que un patrón similar se ha observado en algunos estudios epidemiológicos en humanos, según apunta Huypens.
Sin embargo, Isabelle Mansuy, investigadora de la Universidad de Zúrich, considera que las diferencias halladas entre sexos son dudosas. El procedimiento de FIV implica estimular a las hembras con hormonas que influyen en el metabolismo de sus óvulos, y por tanto, podría en parte, afectar el resultado del estudio.
Mansuy también señala que los ratones hijos de progenitores obesos aumentaron de peso cuando se alimentaron con una dieta rica en grasas, pero los autores no examinaron si ganaban peso en condiciones normales. La idea de la herencia epigenética es que los efectos de la exposición de los padres a un factor de riesgo deben aparecer incluso cuando la descendencia no está expuesta a ella, afirma.
Suponiendo que los resultados se puedan repetir, el siguiente paso consistiría en explicar cómo se transmiten los rasgos de de una generación a la siguiente. Se han propuesto dos mecanismos epigenéticos principales que afectan la expresión de los genes. Una explicación sería que los cambios se producen a través de modificaciones químicas del ADN llamadas metilaciones. La otra consistiría en que las cadenas cortas de ARN (microARN) se heredan en el espermatozoide o el óvulo junto con el ADN. Hasta el momento, el equipo alemán ha encontrado diferencias en los patrones de metilación y en las transcripciones de ARN en las células de óvulos y espermatozoides de animales tanto obesos como sanos, pero aún no está claro si estos son los responsables de los cambios en la descendencia.
Otra cuestión sería evaluar si cualquier período de obesidad en un progenitor puede afectar el metabolismo de la descendencia, o si comer en exceso tiene un efecto solo durante ciertas fases de la vida. En este estudio, los efectos solo se observaron cuando los ratones fueron sobrealimentados en la edad adulta.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

LOS NIÑOS APRENDEN PREJUICIOS A TEMPRANA EDAD

Antes de los tres años los niños interiorizan el rechazo a los cuerpos con sobrepeso por influencia de su madre.


Al parecer, las madres influyen en los prejuicios de sus hijos hacia las personas con exceso de peso.
Con poco más de dos años y medio de edad, los niños aprenden el rechazo que su madre muestra hacia el sobrepeso. Si con 11 meses se decantan por las medidas de personas con kilos de más, a los 32 meses ya prefieren el cuerpo que se corresponde con un peso normal. Este cambio en la preferencia del aspecto corporal se encuentra relacionado con la actitud de la madre: cuanto mayor es su rechazo al exceso de peso, más marcado se encuentra ese prejuicio en el hijo. A esta conclusión ha llegado un equipo de psicólogos internacional a partir del análisis de setenta niños y niñas y sus respectivas progenitoras.
Influencias maternas
Trabajos anteriores habían revelado que los prejuicios en relación a las personas con sobrepeso ya se observan en los niños preescolares de más de tres años y medio, y que entre los cinco y los diez años ese prejuicio se halla consolidado. No obstante, la nueva investigación sugiere que esa actitud se origina incluso a edades más tempranas. “Descubrimos que la preferencia se encuentra fuertemente relacionada con el prejuicio materno”, explica Ted Ruffman, de la Universidad de Otago y autor principal del estudio publicado en Journal of Experimental Child Psychology. Según los resultados, existe una alta correlación entre la actitud de rechazo que muestra la madre hacia el sobrepeso y el juicio sesgado que manifiesta su hijo en relación al peso.
Los investigadores utilizaron un cuestionario para evaluar el prejuicio de las mujeres hacia el exceso de peso. Por otra parte, presentaron a niños de 11 y 32 meses de edad fotografías de personas con y sin sobrepeso, cuyos rostros mantuvieron ocultos con la intención de que se fijaran solo en sus respectivos cuerpos. Los participantes que apenas llegaban a un año de edad dirigían la mirada con mayor frecuencia a los cuerpos con más kilos. Esta preferencia cambiaba a los 32 meses bajo influencia materna, según los autores. También comprobaron que el consumo de televisión, la educación o el físico de los progenitores no desempeñaban ningún papel en este contexto. Por lo general, la madre es la principal persona de referencia del niño, señala Ruffman.

domingo, 3 de mayo de 2015

LEERLE A LOS NIÑOS PEQUEÑOS ESTIMULA LA ACTIVACIÓN CEREBRAL

Leerle a un niño pequeño ayuda a preparar su cerebro para la lectura y el aprendizaje futuro, sugiere un nuevo estudio. 


Leerle a un niño pequeños ayuda a preparar su cerebro para la lectura y el aprendizaje futuro, sugiere un nuevo estudio.
Alba Sud Fotografia  ¿Quien me da su cabezaaa? vía Flickr

En una muestra de niños de jardín de infantes expuestos a la lectura habitual en el hogar, las imágenes cerebrales revelaron patrones de activación distintos a los de los chicos a los que nadie les leía en casa.


La Academia Estadounidense de Pediatría recomienda que los padres les lean en voz alta a sus bebés desde el nacimiento para promover el aprendizaje.

Este es el primer estudio con imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI, por su sigla en inglés) para analizar la estimulación cognitiva en el hogar y el cerebro de los niños en edad preescolar, de acuerdo con el doctor John S. Hutton, del Centro Médico del Hospital de Niños de Cincinnati, en Ohio.


El experto comentó que la mayoría de los estudios publicados habían sido sobre grupos de niños que empezaban a leer.


Su equipo, según informó en la reunión anual de las Sociedades Académicas Pediátricas en San Diego, estudió a 19 preescolares de entre 3 y 5 años, incluidos siete niños de hogares de bajos ingresos.


Sus cuidadores primarios respondieron sobre el tiempo que dedicaban a leer a los niños, el acceso a libros en el hogar y la interacción entre padres e hijos (conversación, juego, enseñanza de números y formas).


Luego, los autores les realizaron a los niños resonancias mientras escuchaban cuentos para la edad a través de auriculares. Las imágenes detectaron cambios del flujo de sangre rica en oxígeno en el cerebro, un indicador indirecto de la actividad cerebral.

Cuanta más lectura en el hogar referían los cuidadores, más actividad detectaban los autores en los lóbulos parietales, que son las áreas del cerebro infantil que trabajan para darle significado al lenguaje.


"Esto se debió principalmente a la semántica, comprender qué se oye o se lee", dijo Hutton por vía telefónica.


Además, el equipo detectó la activación de ciertas áreas de los lóbulos occipitales importantes para la visualización.


"Es uno de los hallazgos más fascinantes: una parte de mayor actividad fue lo visual, en el lóbulo occipital", indicó Hutton.


"Probablemente, se deba a la tarea de imaginar lo que sucede en el cuento. Estos niños tienen más experiencia en formar una idea de lo que escuchan", añadió.


Aunque el equipo tuvo en cuenta algunos factores, como la edad, el sexo y el ingreso familiar, el autor dijo que existirían otros que podrían influir en la activación cerebral mientras se escucha una historia.


Y opinó que los resultados deberían reforzar el valor de la imaginación. "Los padres deberían leerles cuentos a sus hijos con regularidad" y conversar con ellos, más allá de lo que aparece en cada hoja de un libro.


"Existe algo de evidencia de que la lectura temprana ayuda a los niños como otras formas de educación", dijo el doctor Fernando Mendoza, de la Facultad de Medicina de la Stanford University, en Palo Alto, California.


"Cuanto más analizamos su biología, más comprendemos que es real", agregó Mendoza, que no participó del estudio.